Abuelas despidió a Aída Kancepolski


Kancepolski

 

La tristeza nos inunda una vez más, porque otra Abuela de Plaza de Mayo se nos va. Aída Kancepolski, que hace apenas unas semanas grababa, desde su casa y junto a su nieto Sebastián, un video para alentar la búsqueda de los casi 300 nietos y nietas que faltan, esta mañana se durmió y no volvió a despertar. Con 96 años y una vida signada por la voluntad y fortaleza para superar obstáculos, Aída nos deja su legado en esta lucha.

Los padres de Aída llegaron al país desde Polonia, escapando del hambre derramado por la guerra. Su hermano tenía un año y su madre estaba embarazada: Aída nacería el 27 de abril de 1924. Vivieron durante un tiempo en el Hotel de Inmigrantes. Apenas pudieron, alquilaron una vivienda y, años después, compraron un terreno en el que su papá, carpintero de profesión y defensor de los derechos de los trabajadores con pasión, empezó a construir. Aída mamó en su casa la solidaridad. Ayudaba a su madre con los hermanos que fueron llegando y cuando volvía de la escuela cosía para los vecinos.

Aída se recibió de profesora de corte y confección. Desde muy joven trabajó en una fábrica de tejidos y, más tarde, en una casa de modas. A los 22 años, conoció a quien sería su marido, en un baile de la colectividad judía. Un año después, se casaron. Tuvieron tres hijos: dos mujeres y un varón, Walter, que nació en 1956. En 1966, Aída se separó de su marido y comenzó a trabajar en la inmobiliaria de sus hermanos para criar a sus hijos. Walter creció escuchando las historias de su abuelo, siempre preocupado por los que tenían menos que él. Aída era voluntaria en el Hospital Israelita y Walter la admiraba, estaba contento porque su mamá “militaba en algo”.

Cuando Walter terminó el colegio secundario, fue a visitar a su padre que vivía en Miramar y decidió quedarse a estudiar en Mar del Plata. Allí conoció a Patricia Marcuzzo. Se enamoraron. Patricia estaba embarazada cuando los jóvenes fueron secuestrados, entre el 18 y el 20 de octubre de 1977, en Mar del Plata.

Aída comenzó la búsqueda como todas las Madres y Abuelas: comisarías, reparticiones militares, la embajada de Alemania, organismos de derechos humanos, hasta que finalmente conoció a las Abuelas. Las primeras noticias sobre Walter y Patricia llegaron a través de sobrevivientes de los centros clandestinos de detención. Liberados de “La Cacha” habían compartido cautiverio con Walter, y sobrevivientes de la ESMA habían visto a Patricia en la llamada “pieza de las embarazadas”.  Allí, en abril de 1978, Paty, como la llamaban sus compañeras de cautiverio, tuvo un varón. A pesar de los datos que iban saliendo a la luz, nada sabía Aída del bebé. Y lo seguía buscando. Hasta que en 1983 fue localizado por la filial Mar del Plata de Abuelas.

El niño había sido entregado a la familia materna, que no tenía contacto con la paterna. Sebastián continuó viviendo con su abuela en la ciudad balnearia. Aída lo visitaba permanente hasta que, cuando fue mayor, Sebastián comenzó a viajar a Buenos Aires, donde hace años reside. Hasta esta mañana cuidó de su Abuela.

Aída era una mujer inquieta, activa, dedicada a su familia. Le encantaban las fiestas y los agasajos. Quedarán en la memoria de todas y todos sus anteojos modernos y los comentarios agudos arrojados al final de cada reunión de comisión; extrañaremos su calidez y la picardía con la que entregaba caramelos a escondidas, por temor a que no alcanzaran para todos; recordaremos su lucidez para discernir lo justo de lo injusto.

Tu legado es el compromiso que seguirá intacto en nuestra búsqueda. Hasta siempre, querida Aída.