Cambios en el uso del espacio público


bicentenario

Por Ileana Panthou*

¿Qué ocurre cuando el Estado, esa institución republicana y democrática, reguladora de la división social, el estamento que resguarda los derechos y obligaciones de los ciudadanos y que, entre otras tantas cosas, protege su memoria colectiva, elige los desfiles militares como modo de celebración? ¿Qué clase de sentido social se crea cuando es el gobierno el que decide conmemorar una fecha patria desplegando el símbolo más emblemático de la dictadura y las guerras, del sometimiento de la libertad y de las ideas frente a su pueblo?

Es imposible no comunicar, por tanto todo comportamiento es una forma de comunicación. La ausencia de algo, la decisión de ese vacío, también lo es. Pero de qué hablamos cuando decimos “espacio público”. Como bien sostiene Hanna Arendt: “todo ciudadano pertenece a dos órdenes de existencia”, el público y el privado. La esfera pública transforma al individuo en ciudadano. En cambio la idea de “vida privada” lleva consigo el rasgo privativo, el de hallarse desprovisto de algo, se trata de un hombre al que no se le permite entrar en la esfera pública y que, por tanto, no es plenamente ciudadano.

¿Acaso  estamos frente al fin de los relatos políticos? Nada de eso, es imposible no construir una identidad discursiva y es el modo de gestionar la cosa pública, y la propia manera de justificar y dar cuenta de las medidas que se toman, donde el relato cobra forma. Mientras que al kirchnerismo se lo acusaba despectivamente de tener un relato, un “ministerio del relato”, es el gobierno macrista el que institucionalizó tal espacio: nació la “Dirección del Discurso”, dirigido por Julieta Herrero.

El discurso político siempre tiene ideología, aún aquel que promete despolitización.Inclusive, esta concepción es una postura extremadamente política. La palabra “austeridad” alude a la modestia, a quien dice rehusarse a lo innecesario. Cuando la derecha sostiene la “austeridad política” hace referencia al recorte de la inversión pública bajando la financiación mediante la reducción de ayuda social y servicios públicos.

La actual gestión concibe a la celebración popular como un gasto y no como la inversión que enriquece el acervo cultural y el intercambio democrático. La alianza “Cambiemos” oscurece el recuerdo de una lucha hacia la independencia sobre las potencias coloniales. Intenta acallar el grito de soberanía. A veces lo que se calla es más fuerte que lo que se dice.

No hay celebración nacional, ni fecha Patria, si falta el pueblo. Si este actor, el corazón de toda Nación, la razón del Estado y el fin de la política, no está presente, la que se ausenta, en realidad, es la democracia. Por el contrario, serán los desfiles militares quienes ocuparán las calles en este bicentenario como símbolo de celebración.

Licenciada en comunicación social: productora de tv y creadora de contenidos.